Los escritores no hacen testamento

(Que sea lo que dios quiera)

A las y los escritores se les hace muy difícil pensar en su futura sucesión (aunque algún día será inevitable), y dejar claramente dispuesto quién y cómo se ocupará de su obra y de sus papeles inéditos, cuando ellos ya no estén.

A los escritores estadounidenses esto no les sucede. Allí los abogados, que intervienen en cada acto de la vida de los ciudadanos, confrontan a sus clientes con la necesidad de tomar estas decisiones, se requiere hacer testamento para contratar un seguro, para abrir un plan de pensiones, tomar una hipoteca, o abrir una cuenta en el banco.

A los escritores -los latinoamericanos en especial, aunque no solo- les cuesta pensar en su obra en términos de patrimonio económico, aunque le hayan dedicado una buena parte de su vida. Priman otros valores para la producción literaria o ensayística, y quizás un exceso de falsa humildad para reconocer la obra escrita como un posible valor patrimonial.

La dificultad para disponer qué se hará con su obra después de la muerte, suele estar ocultando la dificultad de pensar en la propia muerte. Le soleil ni la mort ne se peuvent regarder fixement”  (La Rochefoucauld, citado por Elías Canetti en Libro de los muertos).

Canetti no escapó a esta dificultad. Trabajó en el proyecto más de 30 años, y “nunca alcanzó a concluir, ni siquiera a progresar satisfactoriamente en su libro sobre la muerte” (Nota de los Editores, en Libro de los muertos, edición de Galaxia Gutenberg).

Los abogados lo saben, tanto por la cantidad de escritores que mueren intestados (sin dejar testamento), como por quienes lo dejan de manera incompleta. “Los escritores son gente peculiar, de eso no hay ninguna duda. Pero al parecer, esas peculiaridades las terminan reflejando hasta cuando deciden hacer testamento…” (testamenta blog)

La diferencia entre la sucesión de un propietario de bienes inmuebles y la de un escritor, no suele analizarse con la suficiente claridad. La herencia de un escritor, incluye su obra literaria y sus papeles inéditos, los que forman parte de su patrimonio. Pero un escritor, no solo tiene que decidir quién será el beneficiario económico o futuro propietario de esa obra, sino también qué se podrá hacer y qué no con la obra publicada, y con los miles de papeles a los que se llama “el archivo” de un escritor, aunque por lo general suele estar bastante poco archivado. ¿Qué se podrá publicar y qué no?¿quién tomará cada decisión?

Tanto si hay una obra publicada como inédita, después de la muerte del autor habrá que haber un trabajo de gestión: renovaciones o cancelaciones de contratos, traducciones, adaptaciones al cine o a la televisión, publicación de textos inéditos, y muchas cosas más.

Si una obra literaria tiene posibilidades de mantenerse viva después de la muerte del autor, o incluso publicarse o revalorizarse en algún momento posterior, alguien tendrá que ocuparse de ello, y ocuparse bien. Cuando no hay quien lo haga, la tendencia a la desaparición en las librerías y en los medios suele ser rápida, disminuyendo también las posibilidades futuras de recuperación.

Al hacer testamento, un escritor tiene que diferenciar quién heredará sus bienes y los beneficios económicos que produzca su obra literaria, y quién tomará las decisiones acerca de qué se publica y qué no. Esta segunda, es la función del “albacea literario”, que algunos países tienen claramente legislado, y otros no.

“El albacea testamentario es una persona nombrada por el testador para que, cuando este fallezca, se haga cargo de cumplir con sus disposiciones. Este cargo es personal, intransferible y de libre designación por parte del testador. Tradicionalmente, has de saber que el albacea ha sido una de las figuras clave en herencias complejas”. (testamenta blog).

La mayoría de los escritores latinoamericanos, y muchos otros también, mueren intestados, por lo que su patrimonio, tanto inmobiliario como literario, pertenecerá a quién establezca la ley sucesoria de cada país, ya sea, como dicen los abogados, por via descendente (hijos, nietos, cónyuge), o si estos no existen, por via ascendente, (padres, abuelos, tíos), lo que al invertir la naturalidad cronológica de las cosas, traerá dificultades a corto plazo, cuándo esos herederos ya no estén.

Si no hay quien herede, todo el patrimonio va a parar a las inescrutables arcas del estado, que podrá vender los inmuebles, pero ¿cómo gestionarán los papeles inéditos y la obra publicada o publicable de un escritor?

Los escritores siempre dejan archivos con cientos o miles de papeles inéditos, además de una obra publicada que, a veces, tiene posibilidades de trascender más allá de la vida del autor. Decidir quién estará a cargo es determinante para que ese futuro sea posible.

No solo se trata de quién recibirá el usufructo económico de ese patrimonio, sino de cómo se gestionará, una acción que no se limita a un solo acto, como la venta de un inmueble, sino a unas decisiones que habrá que ir tomando a lo largo del tiempo, en forma constante, y durante muchos años.

Hay ejemplos de diversas formas de resolver estas situaciones.

Elías Canetti no pudo terminar su libro sobre la muerte, pero dejó todos sus papeles póstumos a la Biblioteca Central de Zúrich, “marcando con un sistema de pequeñas cruces y círculos lo que debía publicarse” (Nota de los Editores, en Libro de los muertos, edición de Galaxia Gutenberg).

1, Canetti

Mario Benedetti era viudo cuando llegó a las 85. Su único hermano había muerto, y no tenía hijos ni sobrinos, cuando me dijo una vez: “a mí qué me importa lo que pase con mis libros cuando yo ya no esté”. Sin embargo, logré convencerlo para que creara una fundación, que heredaría sus derechos y sus bienes (muchos libros, y dos modestos departamentos en Madrid y en Montevideo). Lo logré, con el apoyo de un cómplice que pensaba lo mismo, el periodista Juan Cruz, uno de los escasos visitantes habituales de Benedetti, en su discreto piso madrileño de la calle Ramos Carrión.

Puso dos condiciones: que la fundación tuviera sede en Montevideo, y que solo comenzara a funcionar después de su muerte. Las dos cosas se cumplieron, y hoy existe una fundación que lleva su nombre, y trabaja por la difusión de su obra y de sus ideales, a los que destina lo que recauda: difusión de la obra, y defensa de los derechos humanos.

1, Datos para el viudo

Otro caso de sucesión exitosa es el del psicoanalista Jacques Lacan. Encontró a quien sería su albacea y el mejor trasmisor de sus ideas, en un joven y brillante alumno de veinte años, a quien eligió para sucederle. “Es el que me lee”, escribió, años antes de que ese joven se casara con Judith, hija del maestro. (C. González Taboas, La cita fallida 3)

Hay asuntos de escritores atípicos, como el de Adolf Hitler, “El hombre que quiso ser artista, se hizo rico escribiendo, aunque no gracias a sus dotes literarias. Su patrimonio era uno de los más elevados de Europa” (Dalia Ventura, BBC News, 12 enero 2015).

Buena parte de su fortuna, se debía -aparte de otros ingresos, como los de uso de imagen-, a los derechos de autor por su obra Mi Lucha, que, al ser obligatoria entre estudiantes y simpatizantes, vendía millones de ejemplares cada año, además de las traducciones a 16 idiomas, lo que hizo poderosa a la editorial Franz Eher Verlag.

Este particular escritor, hizo testamento el 29 de abril de 1945 (a la mañana siguiente, se suicidaría): “Lo que poseo pertenece -en la medida en que tenga algún valor- al Partido. Si éste ya no existe, al Estado, si el Estado también es destruido, no es necesaria ninguna otra decisión mía“.

El testamento no se pudo cumplir, porque el partido dejó de existir, y el estado nazi también. Fueron los aliados quienes tomaron la decisión: todos los bienes se transmitieron al estado a Baviera, donde el difunto era residente fiscal. El estado de Baviera prohibió la edición de Mi lucha hasta abril de 2015, cuando la obra pasó al dominio público.

Los testamentos que incluyen libros cuyo valor y su éxito no se debe a la calidad literaria, me recuerdan a un caso que yo mismo viví dos veces, la primera como niño que comenzaba su escolarización, y la segunda cuarenta años después, como editor.

En Argentina, durante el gobierno del general Perón, el libro La razón de mi vida, de su célebre esposa Eva Duarte Perón, era texto obligatorio en todas las escuelas públicas y privadas del país. Lo publicaba la editorial Peuser, que se había hecho famosa por publicar el primer callejero (guía de calles) de la ciudad de Buenos Aires. Las reediciones eran constantes, con tirajes que no bajaban de los 300.000 ejemplares, y los derechos de autor -supongo- cuantiosos. El libro fue prohibido de inmediato en 1955, cuando militares golpistas derrocaron a Perón, aunque siguió circulando siempre de forma clandestina.

Un día de 1996, vinieron a mi oficina Elisa y Blanca Duarte, hermanas mayores de Eva, (que no hablaban con cariño de su hermana menor, “porque les había traído décadas de enorme sufrimiento y persecución”). Me contaron que, después de un larguísimo juicio sucesorio, habían llegado a un acuerdo con Estela Martínez, la última esposa de Perón y expresidenta ella también, para el reparto de la herencia acumulada. A ellas les había quedado, entre otras cosas, supongo, los derechos del libro, y querían saber “qué se podía hacer”. ¿Qué respuesta se espera que de un editor?: La razón de mi vida reapareció en 1997.

3, La razon de mi vida

Los testamentos traicionados

Obedecer o traicionar los deseos de un escritor, es un tema que ineludiblemente nos remite al caso de Kafka, en realidad a la mitología creada alrededor de Kafka por su albacea, Max Brod, tan criticado y admirado al mismo tiempo, porque gracias a la supuesta traición a los deseos de su mejor amigo, se ha podido conocer la obra del gran escritor checo.

El mito dice que Kafka dejó todos sus manuscritos y correspondencia a Brod, con la indicación de que los destruyera, y este, llegado el momento, hizo todo lo contrario: trabajar intensamente para su publicación y difusión.

El mejor análisis que he leído sobre esta historia, es el de Milán Kundera, en el libro Los testamentos traicionados (Tusquets, 1994), de donde provienen todos los párrafos siguientes, que pongo entre comillas.

“Un autor puede tener suficientes razones para desear que todo se destruya, ya sea considerar que su producción no merece publicarse, o que, amando su obra, considere que lo que no le gusta es el mundo, no puede soportar la idea de dejarla ahí a merced de un porvenir que le resulte odioso. Sin embargo, no eran las razones de Kafka: era consciente del valor de lo que escribía, y no tenía una repugnancia declarada hacia el mundo, y, demasiado joven y casi desconocido, no tenía malas experiencias con el público, al no tener casi ninguna”

“El testamento de Kafka, no en el sentido jurídico, consistía en dos cartas privadas a Brod, en las que decía Mi testamento será muy sencillo…, pedirte que lo quemes todo. A lo que Brod respondió te digo ya desde ahora que no pienso cumplir lo que me pides”.

Kafka le dejó toda su obra inédita, novelas cuentos, diarios, y una abundante correspondencia, sabiendo que Brod no cumpliría con el pedido de destrucción.

“Kafka corrigió las pruebas de los tres cuentos que se estaban por publicar, en el sanatorio, en su lecho de muerte: prueba casi patética de que Kafka no tenía nada que ver con la leyenda del autor que quiere aniquilar la obra”

4, Kafka

En los diarios de Kafka, se ve claramente los esfuerzos que hizo en vida para tratar de que se publicaran sus escritos. Siempre quiso publicar, aunque no lo logró.

“Cuando Brod decidió publicar, después de muerto Kafka, El Proceso, lo hizo incluyendo un Postfacio con las dos cartas testamentarias, y explicó muy bien que el escritor sabía que sus deseos no serían atendidos.  Por eso se precipitó a publicar estas cartas, y darles toda la resonancia posible, en efecto, estaba ya creando la mayor obra de su vida, su mito de Kafka, y así es como ha quedado Kafka grabado en la memoria del público”

“Inmediatamente después de su muerte, Brod hizo que se publicaran sus tres novelas, sin repercusión alguna. Entonces comprendió que, para imponer la obra de Kafka, debía hacer mucho más. Así creó la imagen de Kafka y la de su obra; creó tal vez la kafkalogía… mediante incontables prólogos, epílogos, notas, biografías y monografías, congresos universitarios y tesinas, que produjo y mantiene la imagen de Kafka, de tal manera que el autor que el público conoce con el nombre de Kafka ya no es Kafka, sino el Kafka kafkalogizado”

De esta manera, probablemente, inauguró una forma moderna de promoción literaria, centrada en la construcción del autor como un personaje atractivo, una de las más usuales formas de vender libros hoy.

El ejemplo más claro de una construcción similar, es el de los editores estadounidenses de Roberto Bolaño, con resultados muy exitosos desde el punto de vista comercial, pero tristes desde el moral. Se trata de la construcción que hizo Oprah Winfrey, la conductora del programa televisivo de mayor audiencia del país cuando los libros se publicaron, que utilizó su influencia para crear la imagen de un Bolaño a gusto del consumidor local: ex guerrillero, exiliado en un pueblo de la Costa Brava, ex drogadicto recuperado gracias a un esfuerzo de superación personal, muerto joven de una trágica enfermedad, todos valores muy apreciados por la cultura norteamericana, que la familia del autor chileno lleva años diciendo que no tienen nada que ver con el Bolaño real.

5, Oprah Winfrey

Esta reflexión sobre testamentos y albaceas, que por razones profesionales no es nueva para mí, resurgió al leer en El País semanal, una nota de Martín Caparrós sobre Adolfo Bioy Casares, donde dice que “la figura del gran escritor argentino está casi olvidada”.

No sé cómo ni quién ejerce la justicia literaria en el mundo, donde pocas veces el reconocimiento llega y se instala tardíamente. Pero es un hecho probado que, en esta época mediática, en la que la figura del escritor importa más que su obra, la gran mayoría de los libros comienza a declinar, o desaparecen, después de la muerte de su autor. Como los libros en el mercado “ya no se defienden solos”, como dijo una vez el sabio editor que fue Jaime Salinas (fundador de Alianza y de Alfaguara), la cuestión de la sucesión reaparece, ante una de sus cuestiones fundamentales: quién y de qué manera cuidará de la herencia que se recibió.

Anna Freud, que se dedicó a cuidar la obra de su padre, dice: “siempre había traducciones que supervisar, nuevas ediciones, peticiones que atender- A eso había dedicado su vida; en eso se le había ido, pensó…” (Elisabet Riera, Fresas silvestres para Miss Freud).

Recibir una obra literaria de otro, es realmente una pesada herencia. Se requiere un trabajo constante para mantener en valor la obra, y mantenerla viva, en un sector competitivo y voraz, donde cada mes llegan a las librerías miles de novedades, que, por una sencilla cuestión de espacio, desplaza a los libros anteriores.

La mayoría de las veces, esa doble función (el patrimonio económico, y la gestión de la obra), queda en manos de una misma persona. Siempre es así, cuando el autor muere sin haber establecido otra cosa. Quien hereda, será quien tendrá todas las responsabilidades económicas y literarias y la capacidad de decisión, aunque a veces no tenga los criterios suficientes para ejercerla bien.

Hay buenos y malos ejemplos. La viuda de Jorge Luis Borges, más allá de su conocida conflictividad judicial y los errores a que eso la ha llevado alguna vez, ha sabido mantener viva la obra del autor. Sin duda en este caso por los méritos indiscutibles de la obra, pero, incluso teniéndolos, podría haber ido desapareciendo después de la muerte del autor.

Hay casos en que la traición al autor y a la obra recibida existe de verdad, cuando queda en manos de herederos ignorantes o poco escrupulosos.

Faulkner proclamó explícitamente no querer dejar como huella nada más que los libros impresos, que no se publicara nada de lo que iban a encontrar tras su muerte. Fue tan bien obedecido, que sus herederos publicaron todo lo que se pudo encontrar”. (Kundera).

En algunos casos, cuando ya no hay beneficios por derechos de autor (a los 70 años de muerto un escritor, sus derechos pasan a ser de dominio público), quedan manuscritos y otros papeles que, a veces, adquieren un increíble valor económico. Una traición atroz ha sido la de los herederos de Fernando Pessoa, quien, en vida, como Kafka, apenas había publicado. Al morir, a los 47 años, dejó 25.543 textos inéditos, manuscritos o escritos a máquina.  No dejó disposiciones testamentarias ni indicaciones sobre el futuro de todos estos textos, que recibieron en herencia sus sobrinos. La obra recién comenzó a tener difusión después de su muerte, gracias a amigos y filólogos que se ocuparon de difundirla, y ponerla en valor.

Aunque la obra de Pessoa ha pasado al dominio público, el escándalo generado por sus sobrinos Manuela Nogueira y Miguel Rosa, es un espanto mayor: en 2008 (Pessoa murió en 1935), decidieron sacar a subasta todos los manuscritos y papeles del tío, generando la indignación de las instituciones culturales portuguesas, y de miles de académicos y lectores de todo el mundo. Para obtener la mayor recaudación posible, siguieron el consejo de la casa de subastas, dificultando que un solo comprador (el estado, o alguna institución) pudiera comprar el acervo completo, dividiéndolo en lotes cerrados, de manera que se vendiera cada lote por separado, siempre al mejor postor.

Los herederos trataban de poner fin de esta manera a un larguísimo pleito entre ellos, aplicando un criterio “inmobiliario” de la forma más brutal: venderlo todo, y repartirse lo que se obtuviera. No sabíamos que había todo ese nuevo material del tío Fernando”  declaró la sobrina, ante la indignación que produjo la subasta.  (El Periódico, 25.12.2008, y La Nación, 16.8.2008).

La viuda de Ítalo Calvino, seguramente una gran conocedora de la obra del escritor italiano, siguió encontrando y publicando manuscritos inéditos durante los veinte años siguientes a la muerte del escritor. No puedo poner en duda la autenticidad de esos textos, Calvino era un prolífico escritor. Pero ¿qué control existe sobre lo que un heredero declara haber encontrado años después?

A quien hereda una casa, no se le cuestiona si la modifica, le quita o agrega habitaciones, la derrumba, la alquila o la vende. Pero quien hereda una obra literaria ¿tiene derecho a intervenir en ella, quitando dedicatorias, o modificando algunos fragmentos, como a veces sucede? ¿Tienen derecho los herederos a publicar libros que el autor en vida dijo que jamás querría volver a poner en circulación? Legalmente, lo tiene, el heredero es el nuevo propietario de la obra.

Peguntada María Kodama por los fragmentos del diario de Bioy dedicados a Borges, publicado hace unos años (llamado “El Borges de Bioy”, 1.700 páginas) respondió:  “Bioy fue un traidor. Es decir, no hay ninguna prueba de que eso haya sido así. Además, no tendría yo ese concepto de él si se hubiese publicado en vida. Pero él dispuso que se publicara después de que los dos hubieran partido. Ahora bien, ¿qué prueba hay de que Borges en realidad decía eso? (Entrevista de Luciano Sáliche, Infobae, 29 de septiembre 2019)

En Francia, donde los escritores hace muchos años son reconocidos como una profesión, tienen seguridad social y pensión por vejez, están obligados a designar sucesor. Julio Cortázar, que era un hombre meticuloso, al punto de fingir ante sus seres queridos que ignoraba la enfermedad que padecía, modificó su testamento poco antes de morir. No tenía hijos, estuvo casado tres veces, y su tercera y última esposa, aunque mucho más joven que él, murió antes. Entonces decidió testar a favor de las dos anteriores, con una disposición: una de ellas -la más ordenada y de mayor estabilidad emocional- sería quien tendría la responsabilidad de la gestión de su obra literaria, pero los beneficios económicos que produjera, los recibirían por partes iguales las dos. Ese compromiso se cumplió, y ahora, cuando ya ninguna de las dos está, los herederos de esas herederas mantienen esta separación entre funciones y beneficio económico. Pero Cortázar, en el testamento también estableció que todos su archivos, cajas y cajas de papeles inéditos, quedara a cargo de un albacea literario, un amigo muy cercano, crítico y escritor, que decidiría qué se podría publicar y qué no. Sucedió que este amigo albacea murió prematuramente, al poco tiempo, y la función de albacea retornó a la heredera a cargo de la gestión, quién agobiada por tener que asumir esa responsabilidad, la puso en manos de una agencia literaria de reconocida capacidad. Parece complicado, pero no lo es. Cortázar y su obra siguen vigentes, la de Bioy, como dice Caparrós, no.

¿Por qué fue desapareciendo la obra de Bioy después de que murió? Porque su heredero, un hijo tardíamente reconocido, quien según su editor argentino cumplía la función con cariño y dedicación, murió prematuramente, sin sucesión, dando lugar a un interminable juicio entre diversos herederos que reclamaban su derecho a serlo, dificultando por diez años que alguien se dedicara a mantener viva la obra, con capacidad y total libertad de acción.

¿No es suficientemente clara la ley?¿Falla la comprensión de qué es un patrimonio literario, y sus diferencias con otro tipo de bien, mueble o inmueble? Héctor Tizón, que además de un gran escritor fue abogado, juez y presidente del tribunal supremo de su provincia, decía que los jueces no entienden lo que es una obra literaria, y que tampoco les interesaba demasiado saberlo. Aunque hay que reconocer que, en el caso de los escritores intestados, no parece ser tanto un problema de la ley, como de la poca conciencia (o confianza) de los escritores, en decidir sobre el futuro de su obra.

Hoy las cosas no están mejor. La legislación sobre la propiedad intelectual, los legisladores, los jueces y los profesionales que se dedican a ella, concentran su atención en el mundo digital, donde es una cuestión de valor estratégico, que mueve fortunas de grandes multinacionales. Algo muy diferente a los papeles acumulados por algún escritor.

5 comentarios en “Los escritores no hacen testamento

  1. Aprecio mucho su texto, Don Guillermo. Aunque es un tema que entre editores resulta más común de lo que los lectores pudieran pensar, la imagen de las viudas o herederos de una obra literaria resultan fundamentales para la trascendencia postrera de quien desean proteger. El caso de María Kodama, junto con el de Marijo Paz en México son de gran notoriedad, pero son apenas una muestra. Pienso al menos en escritores importantes del siglo pasado, como Miguel Ángel Asturias, cuya viuda terminó obstaculizando nuevas ediciones de este que fue premio Nobel de literatura en 1967. Posteriormente, su hijo Miguel Ángel quiso que la obra pudiera ser revalorada con nuevas ediciones, sin embargo no lo ha conseguido hasta ahora y muchas novelas de importancia capital siguen ausentes en las librerías, como El papa verde. También está, por otra parte, la cantidad de inexactitudes en la biografía de Alejo Carpentier, que fueron dadas como verdaderas por su viuda, Lilia Esteban Hierro, en su afán por presentar a un marido ejemplar y monógamo. Ella guardó escritos que movían a pensar diferente y no aparecieron sino hasta la desaparición de Lilia, como Las cartas a Toutuche o Recuento de moradas. El tema es rico y apasionante, quizá algún editor se anime a escribir sobre esto en un ensayo que, me arriesgo a pensar, sería de lectura deliciosa.
    Saludos

    Me gusta

  2. Interesantísimo artículo, Willie, y disfruté la lectura de esos casos que contás. Me acuerdo también de lo difícil que era, hace muchos años, conseguir libros de Felisberto Hernández, por alguna razón semejante a la que mencionás. No estoy de acuerdo con Caparrós en que la obra de Bioy esté ausente. Tal vez en su nota se refiera sobre todo a España, pero en Argentina dan a menudo sus obras en los colegios secundarios y sus libros nunca faltan en las librerías.

    Me gusta

  3. Magnífico. Qué sea lo que Dios quiera y olvidarse a dónde todo irá a parar. Me sucede ahora y pienso qué que se distribuyan ellos, los papeles, al final ni cuentan.
    Gracias

    Get Outlook for iOS
    ________________________________

    Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s