Ante la emergencia: una propuesta concreta para los escritores y todo el ecosistema del libro

Nadie pone en duda que vivimos una situación de emergencia global que, dentro del ámbito que nos compete, afecta a los escritores, agentes, editores y libreros de todo el mundo por igual. No sabemos cuándo y cómo saldremos de esta situación, pero imaginamos que sus consecuencias se llevarán varios meses. Existe un complejo tejido, construido desde que se inventó la imprenta y la gente comenzó a poder leer, que se ha interrumpido. Necesitamos que no se dañe.

Las industrias culturales, que, de manera absurda, muchos insisten en considerar no prioritarias, ya están afectadas y lo estarán un buen tiempo más. Ateniéndonos al mundo del libro, y a la necesidad de sostenerlo de alguna manera, hay algunas propuestas que se pueden implementar. Y confío en que otros aporten algunas más.

Hay que encontrar un paliativo, que permita ayudar a cubrir el hueco que deja, desde hace casi un mes, paralizada la circulación de dinero, las librerías cerradas y las editoriales llenas de los libros que no pudieron lanzar, apilados en los depósitos, sin saber cuándo podrán circular.

La paralización de la venta paraliza los ingresos de las editoriales, que, según su tamaño y sus espaldas financieras, comenzarán a tener dificultades para cumplir con sus compromisos de pago. A las librerías, que ya no tenían reservas, la deja en pésima situación.

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Al asedio de los editores

Mecanizar la decisión editorial

Mecanizar: Dar la regularidad de una máquina a las acciones humanas (Real Academia)

En su afán por modernizar y mecanizar la siempre compleja decisión editorial (decidir qué publicar), algunas grandes empresas incorporaron directivos de análisis de datos, formados en sectores del consumo masivo, que deciden apostar por la automatización de las decisiones del editor/a. Una notable escasez de sentido común.

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Los escritores no hacen testamento

(Que sea lo que dios quiera)

A las y los escritores se les hace muy difícil pensar en su futura sucesión (aunque algún día será inevitable), y dejar claramente dispuesto quién y cómo se ocupará de su obra y de sus papeles inéditos, cuando ellos ya no estén.

A los escritores estadounidenses esto no les sucede. Allí los abogados, que intervienen en cada acto de la vida de los ciudadanos, confrontan a sus clientes con la necesidad de tomar estas decisiones, se requiere hacer testamento para contratar un seguro, para abrir un plan de pensiones, tomar una hipoteca, o abrir una cuenta en el banco.

A los escritores -los latinoamericanos en especial, aunque no solo- les cuesta pensar en su obra en términos de patrimonio económico, aunque le hayan dedicado una buena parte de su vida. Priman otros valores para la producción literaria o ensayística, y quizás un exceso de falsa humildad para reconocer la obra escrita como un posible valor patrimonial.

La dificultad para disponer qué se hará con su obra después de la muerte, suele estar ocultando la dificultad de pensar en la propia muerte. Le soleil ni la mort ne se peuvent regarder fixement”  (La Rochefoucauld, citado por Elías Canetti en Libro de los muertos).

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Maldito mercado

Muchos escritores y escritoras tienen con el mercado una relación de amor/odio paradigmática. En especial los españoles y latinoamericanos, que -aunque dediquen horas, días, y viajes agotadores para promoverse-, suelen decir que el mercado no les importa.

Es verdad, la calidad literaria es algo independiente del mercado. No es la venta lo que consagra o no la buena literatura, pero lo que un autor gana con su trabajo de escritor, está directamente relacionado con la cantidad de ejemplares vendidos. Si el mercado lo entendemos como el lugar donde se encuentran la oferta y la demanda de productos y servicios y se determinan los precios, cualquier libro publicado, lo quiera o no su autor, está en el mercado y no escapa a las reglas de este. Sigue leyendo

Oye Siri, ¿hacia dónde va el mundo del libro?

La caída del 40% en la venta de libros, en los últimos diez años, no es una crisis, sino una nueva realidad, que hay que analizar con atención. El mercado se redimensiona, se reacomoda, sabemos que los lectores compran menos, no sabemos si también leen menos.

En Estados Unidos, el país donde más libros se publican y venden, en los últimos diez años, la venta ha tenido una caída del 37%) (United States Census Bureau, 2018, www.census.gov).

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El agente literario ¿un simple intermediario?

Qué tristeza sentí al leer una entrevista reciente, en la que una colega decía “los agentes literarios somos intermediarios entre el autor y el editor”. Tristeza porque no creía que ningún agente pudiera pensar así, y más tristeza aún porque adopta con naturalidad el discurso que desprecia “la intermediación”, por no ser un concepto de la nueva economía, esa que se dice colaborativa, en la que la colaboración consiste en que muchos tienen ingresos miserables, para que unos pocos se enriquezcan. Como si la empresa de distribución más grande del mundo no fuera, justamente, un intermediario gigante.

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El editing, esa arma de doble filo ¿Mejorar o transformar?

El trabajo del editor con el texto del autor ha tenido momentos de gloria, resultando algunas veces un aporte muy agradecido por los escritores, que vieron cómo el editor les ayudaba a mejorar, o incluso a poder terminar su obra. Hoy, la imperiosa necesidad de vender más ha distorsionado la idea del editing, llevando a muchos escritores a una zona de conflicto con sus convicciones.

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