Cuánto vale y cuánto se paga el trabajo del escritor

Hay escritores que trabajan en su obra, sin preocuparles por si ese trabajo será remunerado o no. Otros, consideran que escribir es un trabajo profesional, por lo que corresponde que se les remunere como tales.

Borges nunca se preocupó por cobrar por sus cuentos o poemas, vivía de su trabajo en el municipio, de colaboraciones periodísticas, luego de dar conferencias y de su salario como director de la Biblioteca Nacional, pero nunca de sus derechos de autor. Igual que Juan Rulfo, que en vida solo publicó dos breves libros que, aunque transformaron la literatura en español del siglo veinte, tenían muy poca venta. Para vivir, Rulfo trabajó toda la vida como editor de un organismo gubernamental. En esa época, la edición todavía era una actividad cultural, ahora, es una actividad industrial, como tal, lo que prima es la rentabilidad.

Cada día son más los escritores que consideran, de manera indiscutible, que deben cobrar por su trabajo, por cualquier uso de sus escritos, algo que parece bastante obvio, pero cuesta lograr. Existe una idea muy generaliza, en la gente, y en ámbitos gubernamentales, de que el escritor siempre escribirá, con independencia de que se le pague o no, y que, por lo tanto, no es necesario pagarle. A eso vino a sumarse la engañosa deformación provocada, cuando así les convino, por los buscadores de internet: todo gratis.

Muchísima gente, que no tiene dudas de que debe pagar por el alquiler o la hipoteca de su vivienda,  no considera que debe pagar el trabajo intelectual.

Esta distorsión de la percepción de los valores del trabajo y la propiedad, no debería aprovecharse, en la industria cultura, para no considerar al autor con la misma prioridad, o incluso más, que la de cualquiera de los otros proveedores que aportan para la publicación de un libro, o la realización de una serie de televisión. ¿Por qué “incluso más”? Lo puedo explicar.

El precio de venta de los libros, se fija en función de los costos de fabricación: el papel y la impresión. Si bien se trata de proveedores de los que no se puede prescindir, no son los que aportan un diferencial, eso que determinará que un libro se venda y otro no. La diferencia esencial entre un libro y otro, es su contenido. Este diferencial lo aporta el autor (el traductor, el ilustrador), y requiere de muchísimas horas, años, de formación y de trabajo.

Qué difícil es hablar de plusvalía (el valor del trabajo no pagado, que termina siendo beneficio de otros), sin utilizar este término demodé.

No otorgar un valor diferencial al trabajo del escritor, no es nuevo. En el siglo XV, los libros costaban según la calidad de la encuadernación. Seis siglos después, hemos avanzado poco, la percepción del precio de un libro, tiene que ver con el número de páginas, no con su contenido.

El valor estratégico que aporta el autor, no se reconoce. Al no tenerse en cuenta, no determina el precio de venta del libro, y eso hace que no se califique ni priorice la remuneración del autor.

El autor cobra un porcentaje del precio de venta del libro, que es menor al de otros proveedores, un porcentaje que nadie sabe de donde salió, pero que se mantiene igual desde hace más de un siglo, cuando la edición todavía era una labor artesanal. Además, el autor es el único “proveedor” que tiene que esperar seis meses a un año para cobrar.

Puestos a pensar: ¿por qué el autor solo cobra por los ejemplares vendidos, cuando el papelero y el impresor cobran por el total de los ejemplares fabricados? No tengo respuesta ni propuesta, pero aquí hay algo para reflexionar.

 El escritor español y el latinoamericano, es el que más conflictos tiene con el valor económico de su trabajo, como si esa preocupación u ocupación, pudiera ir en menoscabo de su labor creativa. Aceptamos muchos criterios “porque toda la vida han sido así”, solo que ahora han cambiado radicalmente las condiciones de producción.

No negociar condiciones, o firmar contratos sin leer, se suele atribuir a la ansiedad por publicar. Yo creo que la ansiedad, se tiene que resolver con el psicólogo, porque de otra manera solo se posterga, y cuando regresa, es peor.

Hay culturas, como la anglosajona, que no tienen este tipo de conflictos. En Estados Unidos, el país con más editoriales, más agencia literarias y más abogados del mundo, existen dos sindicatos de escritores (incluye a guionistas y traductores), el Writers Guilt of America (www.wga.org) y The Authors Guild (www.authorsguild.org). Son tan poderosos, que en 2008 hubo una huelga de guionistas, que obligó a las productoras a mejorar las condiciones de los contratos, porque las principales series de televisión comenzaban a atrasarse. Años después sabemos que, pese a haber mejorado notablemente el valor del trabajo de los guionistas, a las productoras les fue mucho mejor.

Hace pocos años, cuando Google comenzó a publicar libros mediante acuerdos con las bibliotecas, sin pagar derechos de autor, el Writers Guilt logró detener el proyecto, y ganar un juicio, ¡a Google!, cobrando 1.700 millones de dólares, que se repartieron entre los asociados.

Acudo a estos ejemplos, porque no quisiera que parezca que la diferencia de criterios es un problema solo con las editoriales (“editoriales”, no “editores”,  hablo siempre de empresas).

Estoy convencido de que autores y editoriales (y libreros), tendrán que ser aliados, frente a las grandes corporaciones digitales, todas implicadas en la producción audiovisual, en la edición, y en el dominio creciente de la venta de libros.

Ha habido un hecho que algunas editoriales no registraron: hace un año, las principales plataformas de televisión definieron que el autor (la IP, Intelectual Property, como lo consideran), era su proveedor estratégico. Los excedentes financieros de estas corporaciones son tan enormes, se implican en tantos tipos de inversión, que no sería extraño que, en un futuro cercano, las editoriales tengan que comprar los derechos de publicación a esas productoras, propietarias totales de “la IP”. ¡Y esa sí que será una negociación! ¿Quién creen que se quedará con la mayor parte? No será el autor, ni la editorial, seguro que no.

Miremos también lo que está sucediendo con la venta de libros: Amazon concentra el 30% de la venta mundial de libros. ¿Qué creen que sucederá cuando llegue al 50% o más? determinará qué se puede publicar y qué no, ya que no será posible hacerlo con los títulos que Amazon (por cualquier razón, en especial por poca venta) decidan no trabajar. Los editores pequeños, independientes ¿podrán prescindir de Amazon, para continuar con su labor, que también es diferencial?

 La cuestión del valor del trabajo del autor no es nueva. “¿Cuánto cuesta la hora de trabajo de un escritor?” se pregunta Ricardo Piglia, en Los diarios de Emilio Renzi (entrada del lunes 19 de febrero de 1979), y “¿cuánto gasta en sus horas de trabajo?” Él, en seis horas, gastó en tres tazas de café, dos sándwiches de jamón, un durazno, dos peras, y fumó un paquete de cigarrillos. Esto, para escribir cinco cuartillas, de una novela que ni siquiera llegó a publicar.

 La hecatombe que estamos atravesando, con las editoriales y las librerías cerradas por la pandemia, y el mundo del libro paralizado y en colapsado, muestra cómo se equivocan los economistas, los Think Tank y otros gurús, que hacen planes en los que nos dicen que todas las variables están previstas.

 Claudia Piñeiro dice, en la revista Noticias, (28.4.2020):   “A mí más que el sector del libro en general, me preocupan los escritores. Hay escritores que no tienen para comer, y no por la pandemia, sino porque no les pagaron los derechos de sus libros del año pasado. Tendrían que haberles pagado a principios de año, luego vino el coronavirus y les dijeron: ahora no te puedo pagar”. “Casi con seguridad, ellos son los que peor están dentro del sector del libro. Peor que las editoriales, que los imprenteros, que los libreros. Lo que serviría es pensar cómo hay que remunerar a los escritores

Priorizar al autor, reconociéndolo como un proveedor estratégico, y pagándole como tal, modificaría el criterio con que se fija el precio de los libros. Las editoriales podrían cobrarlos no solo por el número de páginas, con lo que podrían invertir más en calidad, sabiendo que hay lectores dispuestos a pagar por ese diferencial, lo que facilitaría pagar mejor a sus autores.

Para que haya libros, los escritores tienen que escribirlos, y para poder hacerlo, necesitan cobrar. No me parece sostenible la idea de que escribir sea solamente una actividad creativa, que se puede pagar mal, o incluso no pagar.

 Para que esto cambie, todas las partes tendrán cosas que modificar.

 

13 comentarios en “Cuánto vale y cuánto se paga el trabajo del escritor

  1. Gran artículo. Históricamente el trabajo del escritor (y del autor en general ha sido subvalorado). Desde la edad media se consideraba que la creatividad era un don divino, y no era bien visto pretender vanagloriarse de él y menos cobrar por su trabajo. Hoy se acude a otros argumentos (económicos, contractuales etc) que finalmente suponen esa misma subvaloración.

    Claramente la relación del autor con el editor (y con los demás actores de la cadena del libro) debe ser simbiótica. Pero es cierto que el primer actor de esa cadena: el autor, es el más débil, por ello deben existir leyes que protejan a los autores, pero sobre todo, agremiaciones fuertes que representen sus intereses.

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  2. Reblogueó esto en Silencios que son un mundoy comentado:
    Hagámoslo. Asentemos las bases del oficio de la escritura. Mostremos la tarea de edición. Demostremos la valía de la calidad. Por la cultura. Por el entretenimiento. Por amor al arte, sin renunciar a un trabajo digno. Por convertir un sueño en realidad. Por ser aquello que de verdad quieres ser.

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  3. 3
    Por eso creo, quizás porque soy pequeño editor, que el eslabón más débil en la cadena en España y más quienes publican en catalán, gallego o euskera, son LOS PEQUEÑOS EDITORES que normalmente “viven” al día y en precario y financian el global del coste de un libro, y las PEQUEÑAS LIBRERÍAS que dan cabida a títulos que no necesariamente son super ventas, sino que actúan por otros criterios probablemente más acordes con la cultura que con la industria.
    Me pregunto cual sería la situación de un escritor, en el supuesto de que las pequeñas desaparecieran prácticamente, que solo pudiera “hablar” con PRHGE y Grupo Planeta, las corporaciones que dominan y van camino, creo que lamentablemente, de dominar cada día más el mercado. No creo que fuera muy diferente a tener que “hablar” con Amazón.

    Finalizo diciendo que posiblemente este análisis hayamos de hacerlo circunscrito a los mercados de lengua, y dentro de ellos atendiendo a sus dimensiones. Si empezamos por ahí es más posible encontrar soluciones.
    Si es que las hay.
    Gracias por mantener este lugar de conversación informada.
    Pere

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  4. 2
    ¿Y por qué no es así en el sector editorial? Porque y para ello voy a poner un ejemplo “neutro”, en Francia, país vecino de España las editoriales, todas, pagan a un traductor entre 25 y 30€ folio, y en España los que más cobran se les paga entre 14 y 17€ folio. ¿Son más generosos los editores franceses y más racanos los españoles? NO. Simplemente a los editores franceses, por su volumen de venta por título, les cuadran los números para pagar esa cantidad. Y a los españoles no, porque la venta individual por título es mucho menor. El mercado de libro en Francia es cuatro (4) veces el español.

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  5. Querido Willie,
    Voy a tratar de responder en dos o más veces.
    1
    Tu artículo es por razones de tu experiencia prácticamente irreprochable. Sin embargo yo quisiera añadir unas consideraciones que me parecen oportunas, porque en este sector generalizar me da pánico. Me explico. De la misma forma que NO CREO -aunque lo diga la OMS- que el modelo para tratar el covid deba ser el sueco porque en ese país tienen una cultura del ocio, de trato humano, de las distancias, etc que es el suyo, y no sirve para Uruguay o para Grecia o para España, por ejemplo. Creo que en el sector cultural de los libros también es así.

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  6. Hola Guillermo, como editora es imposible no acordar con tu artículo. En especial sobre el tema de los autores. El apocalipsis que vendría de la mano de las grandes empresas digitales no me lo creo demasiado. Será que ya sufrí el “apocalipsis” que vino de la mano de las grandes empresas editoriales. Trabajé para varias de ellas.
    Como lectora confieso que ya me bajé varios PDF de la controvertida Biblioteca Virtual. Varios de los que no están ya en los catálogos de las editoriales. También subí alguno que otro, como Los ríos profundos, de JM Arguedas. Aunque trato de no leer PDF (es muy incómodo) sí leo iBook. Y los pago. Estoy suscrita a una plataforma de lectura, 24Symbols, desde hace años y nunca leí tanto en mi vida.
    A propósito del lector y la lectura, a eso iba mi posteo, me pregunto, qué es lo más importante de la cadena de valor de un libro. Sí señor, el lector. Qué es lo que más quiere un autor. Sí señor, ser leído.
    Históricamente los libros han circulado en cualquier soporte y de cualquier modo: fotocopiados, en bibliotecas, prestados, heredados, robados, regalados y comprados también. Larga vida a los lectores y lo demás vendrá por añadidura.

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  7. Muy buen artículo. Y hay casos peores. He escrito y autoeditado libros que he entregado a una editorial para que lo distribuyan y vendan. Los entregué a 3.000 pesos se vendieron a 12.000 y a mi no me llegaron los 3.000.
    Desde entonces vendo mis libros directamente, los subo a Amazon o los regalo.

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  8. Querido Willie, Más que pertinente. No sé si lo pensaste antes o después de que estallara el affaire pdfs, pero viene muy bien para esa discusión. De un lado las empresas, como decís, y del otro, lectores que piensan que los libros son bienes etéreos que flotan en el aire y que se puede compartir y descargar masivamente sin considerar que, de repente, hay gente que los hizo posible y que, además, vive de eso. Si querés, te puedo hacer una selección de posts de Facebook con intervenciones de todo tipo sobre el tema. Un abrazo, Ale

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