Verdad y no-verdad de los Premios Literarios

“… y si es que son de justa literaria, procure vuestra merced llevar el segundo premio, que el primero siempre se lleva el favor o la gran calidad de la persona…”   Don Quijote, Capítulo XVIII

Mark Rothko

Todo premio literario  –concursos en realidad—  convocado por una editorial, tiene como principal objetivo vender más. No se trata de una operación literaria, sino comercial. Por ello, salvo escasas excepciones –alguna hay—, la editorial que lo convoca y financia tiene un peso decisivo en la elección de la obra a premiar.

Esta costumbre, casi exclusiva de España y Latinoamérica, por la que los llamados “premios literarios” son convocados por la misma editorial  que publicará al ganador, no es un fenómeno internacional. En Francia, Reino Unido, Italia o Estados Unidos, los premios más prestigiosos son otorgados por fundaciones privadas, por los estados y a veces por escritores o libreros. Siempre con un jurado cuyo prestigio y trayectoria garantiza la independencia de la elección, y para novelas ya publicadas con anterioridad.

Que no haya intereses comerciales en la elección es lo que da prestigio a un premio, y cuánto más prestigio literario –y no dotación económica— tiene un premio, más se vende el libro que lo recibe. Los convocantes de los premios, al optar entre el prestigio o la dotación económica, están decidiendo a qué tipo de lector quieren captar.

Hay premios de todo tipo. Entre los institucionales, los de mayor dotación no premian una obra sino una trayectoria, como el Nobel, el Goethe o el Cervantes. Muy diferente es el Gouncourt, probablemente el premio de novela de mayor prestigio literario de Europa, que ofrece solamente 10 euros al ganador.  El Pulitzer 10.000 dólares, el Booker Prize 50.000 libras, y el Strega 5.000 euros. El premio que más reflejo tiene en las ventas internacionales de la novela que lo recibe cada año, es el Gouncourt, los diez euros de dotación se convierten así en un guiño algo humillante para todos los demás.

En España este sistema de premios se toma como algo normal, una tolerada picardía comercial. Pero a medida que pasa el tiempo y la venta de libros sigue bajando, no aparecen aquellos miles de compradores de hace unos años, y el sistema se va haciendo difícil de sostener. Mientras aquellos lectores ocasionales no vuelven a comprar, los lectores de siempre solo se vuelcan a comprar los premios cuya transparencia está garantizada.

En los casos excepcionales en que la editorial convocante no interviene en la decisión del jurado, obviamente no está garantizado el éxito de venta de la obra ganadora, ya que no ha sido ese el criterio de la elección. En este caso, ¿seguirán los accionistas invirtiendo en el premio? Como cualquier empresa cuyo objetivo es obtener beneficios para los accionistas, las editoriales solo los seguirán financiando si la inversión es redituable. Y eso depende de la complicidad y la confianza del lector.

Los lectores ¿seguirán comprando masivamente las novelas premiadas, cuando el mismo editor integra el jurado, casi siempre formado por otros autores de la casa, por lo tanto comprometidos con ella?

El sistema de los premios convocados por las editoriales, pareciera ser una de las formas en que la sociedad del espectáculo entró al mundo de la edición. El hecho de que una novela  premiada, gracias a la gran atención mediática que por ello recibe se venda mucho más, implica que muchos lectores confían en la intensidad e insistencia de la publicidad como prescripción de la lectura. No es otra cosa que el nuevo principio de valor establecido por Google: lo más importante es lo más veces visto.

Si los lectores de libros (como los espectadores de cine o TV) se muestran dispuestos a leer o ver la obra premiada, aunque los Oscar del cine los otorga la misma industria, y el rating de audiencia lo establecen los mismos canales de televisión, pareciera que una gran mayoría de lectores cree que un premio de estos les garantiza algo.

¿O será que gracias a la gran campaña promocional, los lectores se enteran de que existe ese nuevo  libro, y lo compran porque les interesó? Vaya pregunta. Si mucha gente se lanza a comprar un libro porque gracias a un premio se entera de su existencia, cabría preguntarse qué sucedería si muchos más de los libros publicados tuvieran una gran campaña de difusión. A lo mejor también se venderían en cantidades similares.

Desde el punto de vista del autor, sucede que hoy es tan difícil publicar, que la participación en los premios literarios se ha convertido en una de las formas de lograrlo. Los escritores que ya publican regularmente, encuentran en estos premios más lectores, y sobre todo un alivio a precaria situación económica de quien se dedica a escribir.

Lo que es triste es la situación de los cientos y a veces miles de escritores que, con ingenuidad, responden a las convocatorias enviando sus manuscritos, depositando unas expectativas que terminan en frustración.

No creo que los escritores –inéditos o no— que se presentan a los premios deban justificarse por hacerlo, su compromiso literario está en la calidad de la obra, en el manuscrito que entregan, y a partir de ahí la publicación y promoción es cosa del editor.

Tampoco se puede pedir a una empresa privada, a cuyos editores se les exige ventas y no aportes a la literatura, que cumpla la función que corresponde a fundaciones sin fines de lucro, a los estados, y ocasionalmente a instituciones o grandes empresas ajenas al sector de la edición, que encuentran en esto una forma de promover su imagen en el medio cultural, sin vinculación con la venta del libro premiado.

No pretendo decir que todos los premios son decididos por las editoriales que los convocan, ni que todos los que actúan de jurado sean cómplices. Hay excepciones, casos donde el editor no participa del jurado, o los que la integridad moral de los mismos asegura su independencia de decisión. Soy testigo de que muchos de ellos trabajan y discuten mucho para premiar a la que consideran la mejor novela, sin preocuparse porque se vaya a vender o no. Pero por cuestiones prácticas, siempre tienen que elegir –y suelen dejar constancia en las actas y en sus declaraciones—,  en base a los cinco o seis manuscritos pre-seleccionados por la editorial.

La mayoría de los periodistas culturales hacen poco caso a todo esto, lo ven como un fenómeno de promoción literaria, una picardía de marketing. Muy pocos se manifiestan indignados. Que yo sepa, solo un editor ha dicho las cosas con toda claridad: hace como veinte años, vi en televisión española una entrevista a José Manuel Lara Hernández, fundador de la editorial Planeta, famoso por su carácter extrovertido y directo. La entrevistadora le dijo, con mucho respeto: “señor Lara, se dice que es usted personalmente quien decide a quién se le otorga el Premio Planeta”, a lo que el señor Lara respondió: “y cómo no voy a decidir yo a quién le doy cincuenta millones de pesetas”.

A veces la elección del premio tiene otros objetivos,  no solo el vender muchos ejemplares del libro ganador. Se eligen para abrir o hacer crecer el mercado en un país de América, o como en sus orígenes el Planeta, creado para que toda España se enterara de la novela premiada a través de la televisión, para que luego la enorme red de vendedores a domicilio lo ofreciera de regalo, facilitando la entrada en las casas de cada pueblo para venderles una enciclopedia en cuotas. Algo ingenioso pero que hoy no funciona más, no solo porque no se venden más enciclopedias, sino porque el antiguo vendedor a domicilio ha sido reemplazado por el big data de Amazon, que penetra en todos los hogares sin llamar, sin necesidad de regalar una novela, y obteniendo mucha más información.

La tendencia a premiar autores que ya tienen un público considerable, tiene una doble explicación, por un lado el famoso “ir sobre seguro”, por el otro, es cierto que cuando un escritor con oficio y trayectoria presenta un manuscrito, es muy probable que sea el mejor.

Pese a las dudas y ambivalencias del sistema, algunas veces estos premios nos han descubierto un gran escritor.

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12 thoughts on “Verdad y no-verdad de los Premios Literarios

  1. No me sorprende nada de lo que leído, y menos sobre el premio “planeta”, que para mí, es una de las mayores estafas en cuanto a premios literarios en este país. Hace poco, un amigo mío me respondió a mi énfasis a no estar interesado en presentarme a concursos literarios, que “era la respuestas del escritor frustrado”. No puedo estar más en desacuerdo: No presentarse a estos concursos es una forma de decirles que “sé lo que vale mi trabajo y no necesito que vosotros me lo corroboréis: Me fío más del lector que realmente ha leído la obra”.

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  2. ¿Y qué decir de los pequeños premios literarios para principiantes? Ahí ya te puedes encontrar con toda suerte de estafas, familiares galardonados, peticiones de dinero, etc. En fin, que es muy difícil abrirse paso en este mundillo, máxime cuando se está perdiendo el gusto por la lectura y se pueden encontrar tantos contenidos gratuitos en el medio digital. Saludos.

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  3. Lo malo del asunto es que cualquier escritor que aspire a hacer carrera literaria necesita consagrarse con alguno de estos premios marcados por la “picardía comercial” -valga el eufemismo- de la que habla Schavelzon.

    Conozco muchos casos de escritores mediocres que ganaron un premio conocido -que no reputado- en sus inicios y desde entonces no han parado. Su literatura sigue siendo mediocre, pero que les quiten lo bailao.

    Saludos

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    • Una cosa no tapa la otra. El escritor novel debe comenzar por algún lado y siempre es mejor hacerlo a través de un concurso. También es cierto lo que Guillermo dice acerca de la elección del ganador por el editor dueño del concurso ¿A quién le gusta invertir en algo que no rinda beneficios? A los nuevos escritores no nos queda otro recurso.

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  4. En América Latina hay premios de prestigio como Casa de Las Américas, Juan Rulfo o Rómulo Gallegos que no obedecen a la lógica editorial, sino a la literaria. No obstante, cuando se revisa el catálogo de ganadores y finalistas se ve que las megaeditoriales envían un importante número de obras a concurso. Los premios en metálico tampoco son deleznables.

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  5. El señor Lara, hace 20 años, y ahora sabe mucho más de lo que dice. Es más discreto de lo que pueda aparentar, y además tiene la lógica de todo empresario exitoso. Saber en qué invierte su dinero.
    Dicho esto, se agradecería que la situación actual comenzara a cambiar y que, al menos, existiera un “Goncourt hispano”. Podría ser la primera piedra de un edificio más sólido.

    Un gusto leerte.
    Pere Sureda

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  6. Creo que la pregunta que todos estábamos esperando que, respondiera es: ¿pueden los agentes introducir a sus autores entre esos finalistas?

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