El fin de los libros

“La cuestión del fin de los libros y su completa transformación fue tratada hace aproximadamente dos años en Londres por un pequeño grupo de bibliófilos y eruditos”

“Si según la teoría de Helmholtz el sol es una gran esfera en proceso de enfriamiento, lo que permite calcular matemáticamente el fin del globo terrestre y de la raza humana para dentro de diez millones de años, ¿por qué no se podrá predecir que el libro, tal como lo conocemos, como innumerables cuadernos de papel impreso, plegado, cosido, encuadernado bajo una cubierta que anuncia el título de la obra… pueda caer en desuso en tanto que interprete de nuestras producciones intelectuales?”

A pesar de los avances técnicos, “la imprenta, que ha cambiado el rumbo de Europa… que a partir de 1436 reinó de forma tan despótica sobre nuestros espíritus, diría que está amenazada de muerte”  “Ha alcanzado su apogeo de perfección, y nuestros sobrinos-nietos ya no confiarán en este procedimiento bastante anticuado y fácilmente reemplazable…”

Hasta aquí lo leído no suena diferente al discurso de muchos especialistas en la edición electrónica, y de los gurús del mundo digital. Un discurso que a los lectores de siempre, rodeados de libros de papel, nos infunde más temor del que nos gusta reconocer.

Pero lo extraordinario de estas opiniones ¡es que fueron escritas hace 120 años! Transcurrido un siglo y cuarto, el libro no sólo no desapareció, sino que sigue tan fuerte y más presente que nunca. Jamás, desde que se inventó, se consumió tanto papel para impresión como en las últimas décadas.

Quien escribió esta predicción con forma de ficción, fue uno de los bibliófilos más importantes del siglo XIX, el francés Octave Uzanne, cuyo libro El fin de los libros (y otros cuentos para bibliófilos) conocí gracias a la ilimitada curiosidad de lector, del editor Uriel Kon.

Lo que el erudito del texto del señor Uzanne sostiene, es que el fin del libro se producirá por la llegada del fonógrafo, un instrumento mucho más cómodo, basándose “en la constatación innegable de que el hombre ocioso rechaza cada vez más el esfuerzo y busca ávidamente lo que él considera cómodo, es decir todas las ocasiones para reducir en la medida de lo posible el gasto y el movimiento…coincidirán conmigo en que la lectura, tal como la practicamos hoy no sólo exige a nuestro cerebro una atención continua que consume gran parte de nuestros fosfatos cerebrales, sino que además somete a nuestro cuerpo a cierto número de [posiciones] postrantes”.

Termina con una frase que en el siglo XXI ha encantado a algunos grandes grupos de comunicación, aunque terminará llevándolos al fracaso: “Creo, pues, en el éxito de todo aquello que halagará y fomentará la pereza… nuestros ojos están hechos para ver y reflejar la belleza de las cosas y no para leer textos” Esta fue la idea matriz que llevó a incluir la edición dentro del sector del ocio y el entretenimiento, causal de grandes fracasos, porque entonces se exigió al libro la misma rentabilidad que tenía la televisión.

Que este texto juegue entre la ficción y la no ficción no es casual, ese debe a la sabiduría de un autor que vivió rodeado de libros, probablemente  –como buen coleccionista— enfermo por ellos. Hoy sabemos que el fonógrafo no reemplazó al libro, ni a la música en vivo, de igual forma que la fotografía no reemplazó a la pintura, ni el cine a la fotografía, ni la televisión al cine. Cada uno de ellos ha generado nuevos tipos de “usuarios”, nuevas formas de creación y de comunicación.

La venta de libros, dato más significativo que el número de títulos publicados, crece en todo el mundo, y solo cae en países cuyas crisis económicas producen un reequilibrio que no es el de la lectura, sino el de la venta de libros como un hábito más del consumo masivo de una sociedad. El fin de la compra por impulso explica la gran caída de la venta en supermercados y grandes tiendas.

En Estados Unidos, el primer mercado mundial de la industria editorial, hay dos fenómenos que me gusta mucho tomar como indicadores: el primero, es que incluso después del surgimiento del libro electrónico, que hoy representa un 25% del total, la venta de libros de papel sube, desde hace varios años, un 5% anual.

El segundo es un estudio realizado en 2014 entre las librerías universitarias (de campus, se las llama, por estar dentro de los espacios académicos), que muestra que la mayoría de los estudiantes, jóvenes nacidos en la era digital, prefieren comprar libros de papel para estudiar, y no e-books, aunque están disponibles y cuestan menos.

Este fenómeno de constantes desarrollos tecnológicos ya no es algo nuevo. Nos vamos acostumbrando permanentemente a incorporar nuevas tecnologías, y a utilizarlas (mi abuela encendía la radio para escuchar el pronóstico y saber cómo vestirse) ¿Por qué tanto ruido con el fin del libro? Ahora miramos el pronóstico, pedimos el taxi o la comida, compramos vuelos y reservamos hoteles con alguna aplicación del terminal móvil, que hace muy poco todavía se llamaba teléfono celular. Pero ¿acaso la radio dejó de existir, perdió fuerza, audiencia o penetración?

Entiendo esta preocupación como un síntoma de una industria en crisis, solo que en mi opinión la crisis es algo inherente al mundo de la edición. Crisis designa una situación de cambio, un momento de inestabilidad, y el libro, al ser un producto cultural al que tan difícilmente se pueden aplicar las reglas de mercado, necesariamente está en crisis. Crisis es, para las grandes editoriales, la imposibilidad de prever los best sellers, llamando así a esos libros que de vez en cuando venden millones de ejemplares, y satisfacen los números que necesita una gran editorial. Ninguna de ellas, por más millones que tenga disponible, puede decirle a una editora o un editor “ve y compra un best seller”, porque ningún libro es un best seller hasta que su venta masiva le permite ganarse esa calificación.

Aunque me repita, quiero recordar que de los diez libros más vendidos del The New York Times (considerado palabra santa en la venta de libros), seis han sido best sellers imprevistos, contratados por poco dinero y con primeras ediciones de bajo tiraje. Eso es vivir en permanente crisis, tener que confiar en la intuición de una editora o un editor, y nada pone más nervioso a los accionistas que el azar, el no poder contar con herramientas de mercado que decidan qué publicar.

No tendríamos que llamar crisis a lo que sucedió en España: una caída en la venta de libros del 40% en los últimos cinco años. No creo que el problema sea que se ha dejado de leer, sino que se ha producido un reequilibro que nos enfrentó de golpe a la verdad del mercado del libro, lo que comúnmente tendríamos que llamar lectores.

En los años de híper inflación del consumo en España, cuando la gente compraba y compraba sin cesar (relojes, coches, casas), el libro encontró una manera de agregarse como valor de algo que había que acumular. Cuando la abundancia de dinero y el crédito fácil desaparecieron, el 60% que quedó es la gente que compra porque quiere leer.

Estos son los lectores que un buen editor conoce y trata de abastecer de buenos libros, fidelizarlos con su catálogo. Los demás, el otro 40%, no se puede recuperar, han sido compradores ocasionales ¡a quienes no conoce nadie! Intentar volver a encontrarlos sí que es un problema para un editor, porque como no lo logrará, entrará en crisis de verdad.

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14 thoughts on “El fin de los libros

  1. Octave Uzanne quizá pensaba también en que los ojos no están preparados para enfocar un objeto a treinta centímetros durante varias horas. La lectura causa un número exagerado de miopes. Los ingenieros se obsesionan con ofrecernos lo más cómodo, lo más natural y lo más saludable pero pienso que lo más saludable es precisamente hacerse polvo la espalda, pensar demasiado y beber agua del grifo… Por otro lado, cuando oigo a aquellos que solo disfrutan de la lectura en tinta sobre papel, siempre me acuerdo de lo que me dijo una vez un profesor: “eso es como el que tiene la manía de comerse los garbanzos de uno en uno. No tiene nada que ver con la literatura”.
    Héctor.

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  2. Absolutamente de acuerdo y es un ejemplo claro, igual que el audiolibro no ha desplazado al libro impreso, el libro digital no desplazará al libro impreso. El soporte condiciona de tal forma el contenido, que los productos finales nada tiene que ver, de forma que los diferentes soportes se potencian, no compiten.

    Veamos un ejemplo el cine y el libro, hay libros que se han levado al cine y el resultado es que muchos que ven la película, quieren leer el libro y muchos que leen el libro, quieren vero en cine. Por ejemplo “El Señor de los anillos”, o las películas de Walt Disney, ¿Cuántos “Libros de la Selva”, ha vendido la película de Disney?

    La crisis del libro, no viene de la digitalización de los libros, sino de otro factor que ese si esta afectando al mundo del ocio, la oferta de diferentes formas de ocio, de Televisión a la carta, al Wathsapp, pasando por el senderismo, o el padel, se han disparado tanto, que hay una dura competencia por la atención del público, lo que se ha dado en llamar la “Economía de la atención”. Esto afecta por igual a todo el mercado del ocio, Al fútbol le ataca los viajes de fin de semana, y a su vez, ataca la audiencia de televisión, que a su vez reduce el tiempo de lectura de periódicos.

    En mi opinión el sector del libro no lucha por defender su porción de la tarta del ocio y ese espacio se lo están apropiando otras formas de ocio. ¿Conocéis una sola propuesta que incite a leer más? ¿Han valido para algo la existencia de un ” Observatorio de la Lectura y el Libro”?, ¿Conocéís alguna directriz salida de este organismo para promocionar el tiempo de lectura? ·

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  3. Excelente Guillermo, como cada texto que escribes. Soy un convencido que el libro de papel tardará años en desaparecer, quizás con la humanidad. Es dificil, para aquellos que leemos, poder hacerlo a traves de un libro electrónico, a pesar de la comodidad que presenta para muchos, igualmente es irreemplazable el de papel. O por lo menos es un sueño que quiero que no se apague por mucho tiempo.
    Alberto Aguyaro, desde Argentina.

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    • Cordial saludo.

      Había pensado que yo era uno de los especímenes raros que leían en libro de papel, pero observé que en la feria del libro de Bogotá Colombia, Filbo, el libro de papel tuvo muchos defensores que se resisten al cambio por digital; desde ese momento perdí el temor de que tal despropósito se hiciera realidad, la mayoría de lectores prefieren el libros editados en papel, sin desconocer la realidad de que el libro digital invade el mercado del libro y que las nuevas generaciones aprecian como una nueva y dinámica modalidad o medio de lectura.

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  4. Otro gran artículo, Guillermo, que hace pensar y aflorar preguntas e inquitudes.

    Una de las cuestiones de fondo es ¿quiere una editorial tener lectores o compradores de libros?

    Por supuesto que le interesa ambos perfiles, el primero para fidelizarlo y captarlo como comprador asiduo de sus libros; el segundo porque sin él no puede mantener el negocio (una editorial es una empresa).

    Entonces ¿cómo transformar al lector en comprador? ¿Cómo migrar al comprador -aquél a quien ya no le interesa acumular libros impresos- al libro digital, para no perderlo? Porque con el planteo de la acumulación considero que queda claro que se habla de contenido y no de continente…

    Por otro lado, el comprador ocasional también juega un papel importante y alivia alguna cuenta de resultado (más si detrás del libro hay una campaña importante de marketing). Solo con la festividad de Sant Jordi se corrobora.

    Saludos y buen verano.

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  5. Se ha perdido la apreciación de la literatura. Hoy leer es lo que más hacemos todos, pero no desde un libro.

    Yo leo libros porque contienen algo que nada más lo puede contener. El papel, físico, y su tinta mostrando la esencia de el/los escritor/es no tienen parangón. Leer en una pantalla es meramente extraer información.

    Mi opinión es que debería haber herramientas para publicar libros sin fines de lucro.

    Saludos

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