Fronteras infranqueables

¿Por qué no circulan entre los países de Latinoamérica, los libros de sus escritores?


zz. Fronteras ilustración Seguí

Elena Poniatowska a Juan Villoro: “¿Por qué crees que la literatura de nuestro continente latinoamericano está tan desconectada? ¿Por qué en México es imposible encontrar un libro latinoamericano, salvo los más famosos? ¿Por qué en Santiago de Chile, en Buenos Aires, casi no existen los mexicanos?”

Villoro: “porque eso depende de la forma de circulación literaria. Hoy en día los escritores viajamos más que nuestro libros. Si publicas en una editorial trasnacional, no necesariamente llevan tus libros a otros países de América Latina”

                                (Revista de la Universidad de México, abril 2016)

He leído todo tipo de análisis sobre este tema, y sin querer ignorar la teoría de los países excéntricos y los centrales, ni las cuestiones de la circulación del conocimiento y de las lenguas secundarias, que tanto trabajó Pierre Bourdieu y en especial Pascal Casanova en La república mundial de las letras, yo creo, desde la práctica, que hay una razón más.

Ninguna editorial, enorme o pequeña, sean sus accionistas de donde sean, tiene ningún interés ni beneficio en dificultar este tipo de circulación, yo diría que al contrario. Sin embargo, no lo logran. Ninguna deja de intentar, de diversas maneras, que sus libros de exporten, se vendan y se lean en los demás países.

Para las más chicas, hacerlo no es solo cumplir con un objetivo promocional y literario. Exportar quinientos a mil ejemplares de cada título publicado, puede ser la diferencia entre seguir funcionando, o tener que cerrar.

Sin embargo, con la excepción de aquellos libros de autores que, por su fama, aunque a veces sea extraliteraria, son de gran venta en todo el mundo (castellano hablante y universal), o los que coyunturalmente se benefician de alguna promoción especial, como un premio internacional, los demás son poco conocidos y sus libros casi inconseguibles, aunque el autor tenga cierta presencia a través de entrevistas y colaboraciones en los medios, y a veces presentaciones personales.

A veces, la muerte de un escritor, gran paradoja, tiene una difusión tan amplia, que empuja la edición de sus libros en varios países. Como me dijo un editor hace tiempo, se trata de “la última acción promocional de un escritor”.

En los últimos años, la circulación de los escritores entre un país y otro ha ido en aumento de una manera significativa: las ferias del libro y los festivales literarios han hecho que, –como dicen Villoro y Piglia, cada uno por su lado-, los escritores viajen más que sus libros. Los escritores se han ido convirtiendo en personajes, y ha crecido un público extraño, que pagaría gustoso por hacerse una selfie con un escritor o escritora, pero no por comprar su libro.

“El siglo XXI es la turistización de todas las experiencias humanas… Es para que la gente que va a Toledo, que ya están hartos de los acueductos, pueda ver a Paul Auster” (Allan Pauls, en Mauro Libertella, El estilo de los otros)

¿Por qué ni los grandes multinacionales de la edición, instaladas en todos los países, ni las editoriales medianas o pequeñas, a veces agrupadas para vender conjuntamente, pueden conseguir esta circulación, que desespera a los autores, a los lectores, y a editores también?

¿Por qué se dice que para que los libros de un escritor uruguayo circulen en Chile, necesitan pasar por España, cuando entre Chile y Uruguay hay mil kilómetros, y entre Barcelona y Montevideo, diez mil?

¿Por qué cuando un escritor de cualquier país latinoamericano es publicado en España, sus libros circulan, aunque sea en pequeñas cantidades, en los demás países latinoamericanos? Esta es la cuestión clave.

En España se publica a pocos latinoamericanos. Después del tan meneado y ya lejano boom, los lectores españoles han perdido interés y sensibilidad por la literatura latinoamericana, salvo poquísimas excepciones. El uso del lenguaje, la temática, los escenarios, no me animaría a emitir una hipótesis de porqué la literatura latinoamericana no le interesa a los lectores españoles.

“Borges decía que con los españoles tenemos muchísimas afinidades, y que solo nos separa el idioma” (Mauro Libertella a Alejandro Zambra).

 Zambra: “Los españoles tienen muy poca receptividad a las otras formas de hablar el español. En España si no nombras las cosas como las nombran ellos, no te las pasan. No tienen curiosidad respeto de cómo hablas”. (en Mauro Libertella, El estilo de los otros).

Si miramos el fenómeno del éxito del cine argentino en España, veremos que la circulación masiva comenzó cuando se incorporaron actores españoles en todas las producciones, y cuando los actores argentinos aprendieron a vocalizar más lentamente, abriendo más la boca al hablar, y los guionistas eliminaron localismos, excepto algunos estereotipos que consideran graciosos.

Así como la mayoría de los espectadores españoles no ve películas subtituladas y el cine extranjero se exhibe doblado (“o miramos, o leemos”), los lectores no entienden ni disfrutan de otros castellanos.

Los escritores y sus editores son los que más saben de esto, y quienes más lo sufren. Esto funciona en ambos sentidos, por eso las quejas en América por las traducciones españolas, sin aclarar que hablan de las malas traducciones. Para algunos best sellers, siempre traducidos del inglés, a veces la editorial hace diferentes versiones, adaptadas al habla del país de destino. Sobre este tema son excelentes las reflexiones de de Javier Calvo, en el libro El fantasma en el libro. La vida en un mundo de traducciones (subtítulo que no aparece en la cubierta).

Escritores que en su país –latinoamericano- tienen miles de lectores, cuyos libros venden varias ediciones y llegan a diez, veinte o más de cincuenta mil ejemplares, cuando se publican en España, aunque el autor viaje a promoverlo, pasado un año la venta no llega a setecientos ejemplares. Para mí es un tema conocido, veo las cifras reales, conozco las librerías, incluso las más literarias, que dedican a la literatura latinoamericana la mesa del fondo, bajo el rubro de Hispanoamericana, o el más conservador aun de Iberoamericana, una designación que huele a cinco siglos atrás.

Pese a los reiterados fracasos, algunas editoriales lo siguen intentando, y hay muchas razones para ello, desde las más auténticas y literarias, a las más funcionales. Muchas veces la filial latinoamericana promete a un autor publicarlo en España, como un diferencial para contratarlo. Luego es la casa editora de ese país, su mercado natural y principal, la que se hará cargo de los gastos del viaje. Son las ediciones llamadas “de compromiso”, donde la casa central española cumple con su parte, apoyando a su filial. No olvidemos que, en los últimos años, más de la mitad de los beneficios de las grandes editoriales españolas, viene de Latinoamérica. Lo mismo que sucede en los grandes bancos.

Estas ediciones de compromiso, más allá de que no funcionen, son un intento valioso. Aunque se usen como un atractivo, no son un engaño, los libros se publican, y por unas semanas estarán en algunas librerías. Podemos considerarlo como un intento de que algunos lectores españoles lean determinadas obras, una responsabilidad que los grandes grupos tratan de asumir de la mejor manera. De todos modos, son muy pocos los casos.

Si la filial de un gran grupo en México, Bogotá, Lima, Santiago o Buenos Aires publica 50 o 60 escritores locales cada año, solo dos o tres de ellos serán publicados en España.

Esto tiene una sola contrapartida negativa: como la venta real de libros se conoce online por el servicio de la consultora Nielsen, ese autor queda marcado por varios años como “uno a quien no le fue bien”.

Lo más positivo de este tipo de ediciones, tiene que ver con la cuestión que señalé como clave: ¿por qué estos pocos autores que se publican en España, aunque sea por compromiso, terminan apareciendo en otros países?  Por una razón muy sencilla: la industria editorial española es decididamente exportadora.

Es cierto que ahora lo que más se exportan son los grandes best sellers, como en el siglo veinte lo era de enciclopedias y grandes colecciones para la venta en cuotas. Lo importante es la posición exportadora. Un volumen considerable que implica que existe una preparación, una legislación y unas prácticas administrativas y bancarias muy simplificadas, acompañadas de una oferta logística accesible para cualquiera, con independencia de su tamaño. Un volumen que permite costos de fletes asumibles por el lector, quien finalmente tendrá que pagarlo todo.

En la medida en que las editoriales sean fuertemente exportadoras (del tipo de libros que sea), es muy sencillo en cada envío agregar pequeñas cantidades de otros títulos que tendrán una circulación restringida.

Lo que sucedió es que tanto México, como Argentina y Colombia (los tres principales productores de América Latina) han perdido o descuidado los mercados externos hace muchos años, y ahora ninguno tiene esa capacitad imprescindible. “Exportar doscientos libros es una lucha imposible contra la burocracia” y tiene unos costos imposibles de afrontar, dicen los editores en esos países.

Si no existe esa posibilidad de exportar sencillamente y a un costo bajo, que solo el gran volumen permite lograr, a los libros les cuesta salir su país: es un trámite lento, engorroso, y tan caro que los libros tendrían un precio demasiado elevado.

En la misma entrevista de Poniatowska a Villoro se dice que en los años sesenta y setenta había mucha más circulación de libros entre los países latinoamericanos. Eran años en que las editoriales argentinas, mexicanas y colombianas, exportaban un altísimo porcentaje de su producción. La censura de los años franquistas hizo que casas como Aguilar, Espasa Calpe y muchas más, produjeran en América aquellos libros que no podían publicar en España. También que muchos editores y traductores exiliados se instalaran en esos países. La alta producción mantenía la planta gráfica actualizada, y una práctica de la exportación que años después, cuando las cuestiones políticas y cambiarias generaron dificultades, se perdió.  En pocos años, con gobiernos dictatoriales, controles de cambio y censura en varios países de América, la exportación de libros se vino abajo y no se pudo recuperar.

Las editoriales en España se convirtieron en los grandes compradores de derechos de autor para toda la lengua, y por lo tanto, únicos dueños del producto en español.

En Inventar un futuro: https://goo.gl/73R1FE decía en este blog que para que hubiera exportación de autores argentinos, primero debería haber exportación de libros argentinos, dos cosas muy diferentes que no hay que confundir. Aunque me refería a la Argentina, puede aplicarse a todos los países por igual.

Cada país latinoamericano requiere de una toma de conciencia política y cultural, y una estrategia económica para desarrollar la exportación de libros como algo vital. Si no, seguirá siendo solo un país receptor, posición que recuerda demasiado a la historia colonial.

Mal podrán los libros de los escritores de un país circular en otros, sin necesidad de pasar por el peaje español. Esa es la razón –vuelvo a lo que dice Villoro- por la que los escritores viajan a ferias y festivales, pero sus libros no suelen estar.

Por lo menos mientras los libros en español que los lectores compran, sigan siendo como hasta hoy, en el 95% de los casos, los tradicionales impresos en papel.

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6 thoughts on “Fronteras infranqueables

  1. Los tratado de libre comercio o las alianzas latinoamericanas (Comunidad Andina, Mercosur, etc), deberían contemplar formas legales de apoyo a la difusión exportadora entre paises vecinos y latinoaméricanos. Nuestros regionalismos nos unen y diferencian, pero debemos encontrar el acuerdo que nos permita lograr este intercambio de manera paulatina, comprometiendo las políticas culturales de los paises y el compromiso de las librerías para alcanzar estos acuerdos.

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  2. Yo soy argentina y publiqué en España porque sus servicios son mucho más baratos que los de mi país. Lamentablemente la aduana argentina es una pesadilla y, aunque hayan abierto el paso de libros hace poco, del dicho al hecho hay un largo trecho, y ahora estoy viendo de comprar mis propios libros para poderlos vender aquí.

    Todo esto me ha llevado a preguntarme si acaso lo mejor no es irme de Argentina. Siempre tuve el sueño de viajar, pero ahora más que un sueño es una necesidad para que mi carrera profesional despegue.

    Tristemente la cultura todavía no está tan valorada como debería, en casi ningún país creo, y las puertas que se abren son pocas y muy chicas.

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  3. No es un tema sencillo de abordar. Probablemente la “solución” sencilla pero utópica es publicar menos. Eso, sin duda, ayudaría a la circulación. Pero yo me pregunto sinceramente. ¿El idioma es suficiente para unirnos culturalmente? Creo que no. Creo que en España tenemos más que ver con los italianos que con los mexicanos, por ejemplo. Asumir eso es duro, mucho. Sobre todo para los escritores. Pero hay que empezar a plantearlo.

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